Chile: "Se necesita construir ciudad de un millón de personas con 10.000 dólares por familia para no generar asentamientos informales"
- 14 abr
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Arquitecto Alejandro Aravena, sobre magnitud de crisis habitacional

La crisis de vivienda se ha convertido en una de las grandes tensiones de nuestro tiempo. Las ciudades concentran empleo, servicios, infraestructuras y oportunidades, pero también un acceso cada vez más difícil a la vivienda, sobre todo para quienes tienen menos recursos. El problema ya no consiste solo en construir más, sino en preguntarse dónde, cómo y para quién se construye. Porque levantar casas rápidas y baratas no siempre resuelve nada si eso obliga a alejar a las familias del lugar donde realmente transcurre su vida.
Ese es precisamente uno de los puntos más interesantes de la reflexión de Alejandro Aravena. En una de sus charlas TED más conocidas, el arquitecto chileno no habla de la vivienda como una cuestión aislada, sino como un desafío urbano, social y económico de enorme escala. Su planteamiento no ofrece una fórmula mágica, pero sí una idea incómoda y muy vigente: la arquitectura no puede limitarse a producir soluciones baratas si esas soluciones rompen el vínculo entre las personas y la ciudad.
“Si algún poder tiene el diseño, ese es el poder de síntesis”. Con esta frase arranca Aravena su intervención en la charla de TED, y no tarda en aplicar esa idea a la urbanización global. Para él, la llegada masiva de población a las ciudades no es en sí una mala noticia. Al contrario, responde a una lógica evidente: en las ciudades se concentran más oportunidades y mejores condiciones de vida. El problema aparece cuando esa migración se produce a una velocidad y a una escala que las administraciones y los sistemas de vivienda no son capaces de absorber.
Es ahí donde introduce lo que llama la amenaza de las “3 S”: escala, velocidad y escasez. La escala del fenómeno, la rapidez con la que ocurre y la falta de recursos para responder convierten la crisis habitacional en una ecuación especialmente difícil. Para resumirlo, lanza una frase que ha quedado como una de las más citadas de su discurso: "el mundo necesita construir una ciudad de un millón de habitantes por semana con 10.000 dólares por familia" durante los próximos 15 años para evitar que millones de personas acaben viviendo en asentamientos informales.

La importancia de la localización a la hora de construir viviendas
Según el arquitecto, no basta con construir barato y deprisa si eso significa desplazar a las familias a lugares desconectados, mal comunicados o sin acceso real al empleo y a los servicios.
Su reflexión pone el foco en algo que a menudo se acepta como inevitable: que la vivienda asequible termine situándose siempre donde sobra suelo, aunque ese suelo esté lejos de todo. Frente a esa lógica, Aravena insiste en que la ubicación también forma parte de la dignidad de la vivienda. Perder cercanía con el trabajo, con la escuela, con las redes familiares y con la vida urbana diaria también empobrece.
La idea se entiende mejor en uno de los proyectos que explica en la charla: la reubicación de 100 familias que ocupaban ilegalmente un terreno en el centro de Iquique, en Chile. El encargo parecía casi imposible. Con un subsidio de 10.000 dólares por familia había que comprar el suelo, construir la infraestructura y levantar las viviendas. Además, al tratarse de un solar céntrico, el coste era tres veces superior al que suele asumir la vivienda social.
Las soluciones convencionales no resolvían el problema. Las casas separadas permitían alojar a muy pocas familias. Los bloques en altura, por otro lado, generaban rechazo porque dificultaban la ampliación posterior de las viviendas. Fue entonces cuando Aravena y su equipo reformularon la pregunta: en lugar de pensar cómo construir una casa pequeña, decidieron pensar cómo levantar la mitad de una casa buena.

Ese cambio de enfoque es una de las claves de su discurso. Si no hay dinero suficiente para entregar una vivienda completa y de calidad, entonces el esfuerzo público debe concentrarse en aquello que una familia no podrá hacer sola: la estructura, la cubierta, la cocina, el baño, las instalaciones y, sobre todo, la localización. El resto puede completarse más adelante.
El gran límite de su planteamiento
Sin embargo, esa visión también tiene un límite claro, y quizá ahí esté una de las cuestiones más interesantes del artículo. Una cosa es defender que no debería expulsarse automáticamente a las familias a la periferia, y otra muy distinta afirmar que siempre exista espacio o suelo asequible en el centro de las grandes ciudades. En muchos casos, simplemente no lo hay.
Ese es el punto débil, o al menos el punto no resuelto, de su planteamiento. La falta de hueco en los centros urbanos, la presión inmobiliaria y el precio del suelo hacen que muchas veces la vivienda nueva termine levantándose a las afueras. No porque sea lo ideal, sino porque parece la única opción viable. Y, sin embargo, Aravena obliga a mirar esa salida con más espíritu crítico.

Edificio de viviendas en Madrid con aparatos de aire acondicionado en la fachada
La periferia no es una solución neutral
Lo que cuestiona el arquitecto chileno no es que la ciudad crezca hacia fuera en determinados contextos, sino que esa decisión se acepte como si no tuviera consecuencias. Enviar a las familias a la periferia puede parecer una solución práctica, pero también implica más dependencia del transporte, menos acceso inmediato a oportunidades y una mayor fragilidad urbana y social.
Su propuesta, por tanto, no debe leerse como una defensa ingenua de mantener toda la vivienda asequible en el centro histórico de las grandes urbes. Más bien funciona como una llamada de atención: cuando la única respuesta es alejar a quienes menos tienen, la ciudad también está decidiendo quién puede formar parte de ella en condiciones dignas y quién no.
Fuente: Arquitectura y Diseño



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