China, el dragón que fabrica más de lo que el mundo puede comprar
Proyecta la imagen de una potencia imparable. Pero, bajo la fachada, su motor exportador se está quedando sin clientes, y ese desequilibrio amenaza con desencadenar la próxima gran crisis global. Perú, atado al cobre y a Pekín, está en primera línea

Visto desde fuera, el ascenso de China parece una línea recta hacia la cima. Es el mayor exportador del planeta, fabrica uno de cada tres bienes industriales del mundo, compite de tú a tú con Estados Unidos en inteligencia artificial, en automóviles eléctricos y ha extendido su influencia hasta la costa peruana con el megapuerto de Chancay. Sin embargo, cuando se miran los números por debajo de esa fachada, aparece otra historia: la de una máquina que produce mucho más de lo que el mundo y la propia China pueden absorber. Se acerca a un límite en el que ningún decreto podría rescatarlo. Un conjunto de análisis recientes, desde el Council on Foreign Relations hasta The Economist, coinciden en un mismo diagnóstico: el modelo chino ha superado su propio tamaño.
Una máquina que no puede parar
China concentra hoy cerca del 30% de la producción industrial mundial y podría llegar al 45% en 2030. No existe precedente histórico de semejante concentración, salvo Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Ese dominio no es fruto solo de la eficiencia: la OCDE calcula que el 60% de la cuota de mercado que China ha ganado proviene de subsidios estatales, sobre todo el acceso a crédito casi ilimitado de la banca pública. Con ese respaldo, las empresas pueden crecer sin la obsesión por ganar dinero que disciplina a sus rivales; las empresas chinas no están obligadas a ser rentables.
El resultado es una carrera hacia el abismo. Casi el 30% de las empresas industriales chinas operan con pérdidas, cifra que alcanza el 34% en los sectores estrella del plan “Made in China 2025”. Pero en lugar de dejarlas quebrar, los gobiernos locales las mantienen vivas para preservar empleo, mantener la recaudación, mientras los bancos refinancian esas deudas una y otra vez. Los chinos tienen una palabra para esto: neijuan, “involución”, competencia feroz que empuja a las compañías a producir cada vez más, vendiendo cada vez más barato, incluso con márgenes mínimos o negativos. Una máquina industrial que no puede detenerse ni frenar, pero es imposible que continúe al mismo ritmo indefinidamente por los mismos límites de la demanda.
El problema de fondo: no hay consumo interno
La raíz del desequilibrio es que China fabrica el 30% de las manufacturas del mundo, pero consume apenas el 13%, aunque representa el 17% de la población mundial. Ese vacío no es producto de la casualidad, sino por decisión: el consumo de los hogares chinos supone alrededor del 40% del PIB, frente al 65-70% en las economías avanzadas. La pieza que lo mantiene deprimido es la vivienda. El desplome inmobiliario que comenzó en 2021 con la liquidación de Evergrande y la situación de impago de Country Garden, ha borrado casi dos décadas de subidas de precios. La vivienda representa cerca del 70% de la riqueza de las familias urbanas, por ello, cuando su valor cae, la gente deja de gastar y ahorra por miedo.
A ese freno se suma un problema demográfico de fondo. En 2025 nacieron 7.9 millones de niños, la cifra más baja desde 1949 y la población cayó por cuarto año consecutivo. La fuerza de trabajo se encoge, el país envejece a gran velocidad y el paro juvenil, aunque ha bajado desde el récord del 21% de 2023, sigue en torno al 15%, con más de diez millones de titulados universitarios buscando empleo cada verano. Un país que envejece, que no tiene hijos y cuyo ahorro está atrapado en casas que se devalúan difícilmente puede convertirse en el gran consumidor que su industria necesita.
Una montaña de deuda y un espejo japonés
Para sostener esa sobreproducción, China se ha endeudado hasta niveles de país rico sin serlo del todo. Sumando Estado, empresas y familias, la deuda total ronda el 313% del PIB. China no sincera su deuda pública: durante años, los gobiernos locales no pedían préstamos a su nombre, sino a través de empresas-pantalla que se endeudaban para construir infraestructuras. El Fondo Monetario Internacional, al sumar esa deuda oculta, calcula una “deuda ampliada” que se acerca al 135% del PIB, muy por encima de la cifra oficial.
El paralelismo con Japón presenta un agravante. Cuando Japón ingresó en la “década perdida” en 1991 era uno de los países más ricos del planeta. China, hoy, es mucho más pobre en términos relativos: su renta per cápita, ajustada por poder de compra, es la mitad que la que tenía Japón entonces y un tercio de la estadounidense. En esas condiciones, según el Council on Foreign Relations, enfrentaría el estancamiento como “una década perdida, pero peor”. Ni siquiera el aclamado liderazgo chino en inteligencia artificial cambiaría la situación: aunque su IA se convirtiera en la mejor del mundo, le serviría para producir más y mejor, pero el problema de China no es la producción, sino el consumo interno: en China lo que faltan son compradores.
Debilidad convertida en arma
Buena parte del poder que China exhibe es, en realidad, la conversión de una vulnerabilidad en amenaza. Es el mayor importador de alimentos del mundo y depende del exterior para el 85% de su soja; sin embargo, usa el acceso a su enorme mercado como arma, suspendiendo compras a Estados Unidos, Japón, Canadá o la Unión Europea para castigar decisiones políticas. Con el petróleo hizo algo parecido durante la guerra de Irán de 2026: gracias a sus colosales reservas estratégicas y al racionamiento en la demanda interna. Recortó importaciones y ayudó a estabilizar el precio mundial, moviendo el mercado como solo la OPEP sabía hacerlo. Y en tierras raras, donde controla el 90% del refinado mundial, ha demostrado que puede cerrar el grifo de materiales críticos.
Pero todas esas palancas comparten un mismo problema: se desgastan con el uso. Cada vez que Pekín presiona, el resto del mundo se ve empujado a buscar salidas para diversificar y reducir la dependencia. Así, la palanca de la oferta china se desgasta. Con ello pierde la demanda occidental ya que China necesita vender a sus clientes más de lo que ellos necesitan comprarle. Un país que vive de exportar no puede permitirse una guerra comercial permanente con quienes lo mantienen a flote.
¿Alternativas posibles?
La solución es conocida y China lo sabe mejor que nadie: consumir más y fabricar menos, reforzar la red de protección social, revaluar su moneda por etapas y recortar subsidios. El problema es que equilibrar producción y consumo significaría hundir los ingresos de cada provincia china, aceptar despidos masivos y desafiar a Xi Jinping quien piensa que la manufactura es la “economía real” y el consumo, una distracción. Por eso Pekín patea el problema hacia adelante año tras año.
El Council on Foreign Relations propone un acuerdo coordinado, al estilo del Plaza de 1985, en el que Estados Unidos y las grandes economías presionen y a la vez ayuden a China para lograr un equilibrio gradual. Esa propuesta podría plantearse durante la cumbre del G-20 que Washington acogerá en Miami en diciembre. Pero la confianza y los hábitos de cooperación de 2008 se han erosionado y la propia política arancelaria estadounidense, que golpea a aliados y adversarios, dificulta cualquier frente común.
Una realidad que debemos enfrentar es que, aunque la próxima crisis se “fabrique” en China, resolver las consecuencias probablemente recaería sobre Estados Unidos. Pekín nunca ha mostrado ni capacidad ni interés en dirigir la economía mundial en momentos de pánico. China sufriría más que nadie y con ello podría hundirse su aspiración por liderar el mundo.
Pero el resto del mundo tampoco saldría indemne: podría propagarse un contagio como no se veía desde 2008. Para el Perú y una América Latina que ha atado su prosperidad al apetito chino, la lección es clara. El gigante que parecía imparable es, en realidad, más frágil de lo que aparenta, y conviene no confundir tamaño con solidez. Diversificar mercados y aprovechar, sin dependencia, puertas como Chancay dejó de ser una recomendación de manual para convertirse en una cuestión elemental de prudencia.
El muro se acerca
El modelo chino choca ahora contra dos muros a la vez. El primero es político: durante veinte años, los países ricos aceptaron perder fábricas a cambio de productos baratos, pero ya no toleran que China ataque también su industria de alto valor. El símbolo es Alemania, cuyas exportaciones de autos a China cayeron un 66% entre 2022 y 2025; Volkswagen estudia recortar hasta 100,000 empleos y los despidos en el sector superan los de la crisis de 2008. Un experto lo describe como la destrucción de una industria que forma parte de la identidad nacional. Por eso hasta la Alemania más librecambista respalda hoy aranceles europeos contra Pekín.
El segundo muro es aritmética pura. China tiene capacidad para fabricar casi el doble de paneles solares de los que se instalan en todo el mundo, y producir 25 millones de autos eléctricos, pero su demanda interna se ha estancado en 12 millones y la global llegará a 23. En algún momento, simplemente no habrá compradores para tanta fábrica. El superávit comercial chino de casi 1.2 billones de dólares de 2025, el mayor de la historia podría, como advierte el CFR, “colapsar sobre sí mismo”, igual que colapsó antes el mercado inmobiliario. Y si el motor exportador se detiene, el daño no se quedará dentro de China.
Perú se vería afectado
Aquí la historia deja de ser lejana. China es hoy el principal socio comercial del Perú: en 2025 absorbió el 36% de las exportaciones peruanas, un récord de más de 32,000 millones de dólares, de los cuales cerca del 90% fueron minerales. Solo el cobre, que representa casi un tercio de todo lo que el país vende al mundo, tuvo como destino a China con el 75% de los envíos. El megapuerto de Chancay, construido por la naviera estatal china Cosco inaugurado a fines de 2024, ha profundizado esa integración, recortando en un tercio los tiempos de envío hacia Oriente.
Esa dependencia es una fortaleza mientras la demanda china siga en pie, y una trampa si se apaga. No es una hipótesis abstracta: cuando la inversión china se frenó entre 2012 y 2015, el precio del cobre cayó más del 40%, el hierro más del 70% y el crecimiento de países exportadores de materias primas se desplomó. Un “shock chino” como el que temen los analistas golpearía de lleno las cuentas fiscales del Perú, el valor del sol y regiones mineras enteras como Áncash, Ica o Moquegua, cuya viabilidad da por sentado que Pekín siempre estará comprando. Chancay, celebrado como la puerta al Asia, es también un recordatorio sobre cuánto de las inversiones chinas están vinculadas con activos críticos nacionales peruanos.
Fuente: Expreso



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